Descárgate la APP 'Mi Emasesa' en
Inicio/Ruta Gris

Ruta Gris

Foto a foto el recorrido de la ruta

Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background
Slide background

 

Triana, Guadalquivir y América: Agua en los jardines de la Cartuja la EXPO 92

Teniendo en cuenta la cultura del agua en Triana, el paisaje histórico del Guadalquivir y la “revolución botánica” acontecida en Sevilla gracias a los científicos que poseían estos jardines de aclimatación, la ruta parte de la Plaza del Altozano y circula paralela al antiguo río Betis por Triana para pasar por el Parque Fluvial Fernando de Magallanes. Discurre luego por distintos ámbitos de lo que fue la Exposición Universal de Sevilla de 1992, como el Jardín Americano o del Guadalquivir, así como distintos elementos del monasterio de la Cartuja relacionados con la aventura colombina.

 

Descarga aquí nuestro mapa y cuadernillo de la Ruta Gris

NO TE PIERDAS LOS LUGARES MÁS EMBLEMÁTICOS

La ruta tiene su comienzo en el punto de encuentro de todas las arterias principales de Triana, arrabal histórico y marinero situado en la margen derecha del Guadalquivir. Se trata del Altozano plaza dominada por un gran ficus originario de Asia llamado comúnmente como árbol del caucho y jalonada de monumentos dedicados a toreros y flamencos. Hoy día son las siluetas de la Capillita del Carmen –obra de Aníbal González de 1927– y las antiguas oficinas de la Compañía de Vapor conocidas como Faro de Triana –empresa encargada de la travesía entre Sevilla y Sanlúcar de Barrameda a principios del siglo XX– las que dominan el paisaje de acceso al arrabal trianero. Sin embargo hasta principios del siglo XIX este paisaje urbano estaba presidido por las altas torres del Castillo de San Jorge y constituía el punto de encuentro para todos los que cruzaban el río por el antiguo puente de barcas, sustituido en 1850 como veremos más adelante por el actual Puente de Triana.

La calle Betis defendida de la antigua furia del río por un malecón construido a finales del siglo XVIII, fue testigo de la llegada de las primeras aguas para el abastecimiento urbano en Triana. Este arrabal, sin fuentes públicas antes del XIX, utilizaba agua del río o de pozo para el riego y baldeo, siendo el agua de las fuentes públicas las preferidas para satisfacer la sed de los vecinos. Fue un industrial privado, Juan de Dios Govantes y Valdivia, quien impulsó las obras necesarias para que por vez primera Triana tuviera abastecimiento de agua procedente de la fuente de la Mascareta de Tomares. Así, en la calle Betis –actuales números 4 y 6– fue inaugurada el 16 de septiembre de 1851 la famosa Casa de Aguas, con veintidós grifos, estando en uso hasta finales del XIX.
Desde este punto se contempla una vista urbana de Sevilla evocadora de la ciudad Puerto de Indias. Reconocida y representada por geógrafos y pintores, el perfil urbano de la ciudad quedó universalizado desde el siglo XVI con las vistas desde la calle Betis. En todas ellas destaca en primer plano el caserío de Triana; en el centro tenemos el Guadalquivir como eje principal de la composición, cuyas aguas son testigo del ir y venir de un gran número de embarcaciones; el Arenal y el puerto, con la Torre del Oro como hito, son los ejes económicos de una ciudad que en los siglos XVI y XVII centralizó el gran intercambio económico existente entre el viejo continente y el Nuevo Mundo; y al fondo, el perfil urbano de Sevilla dominado por la Giralda, la catedral y las numerosas torres y cúpulas de iglesias, conventos y palacios. La vista actual conserva en gran medida la imagen de ese paisaje fluvial universalizado por las vistas geográficas del Renacimiento.

Construido en 1850 bajo el reinado de Isabel II –por ello lleva también su nombre–, es todo un símbolo de la renovación urbana de Sevilla en el siglo XIX, una ciudad que vio cómo el hierro y la arquitectura industrial empezó a formar parte de su paisaje urbano. Las viejas maderas del antiguo Puente de Barcas, que podemos recordar gracias a los numerosos grabados y obras pictóricas existentes, dieron paso a este material que conformó hitos como la Nave de Barranco en la otra orilla del rio.

Fortaleza almohade del siglo XII y sede durante siglos de la Inquisición sevillana. La puerta que aún podemos observar constituía el acceso al castillo de muchos reos procesados por este tribunal. Hoy día podemos visitar sus restos arqueológicos y disfrutar luego de la vida amable del Mercado de Triana, construido sobre este recinto en el siglo XIX.

En sus muros podemos observar una señal cerámica que recuerda la documentada inundación del 10 de marzo de 1892, cuando el Guadalquivir histórico no era sólo una dársena sino un río que en la ciudad sentía las mareas atlánticas y que inundaba la ciudad frecuentemente en otoño e invierno.

Museo creado en el año 2014 por el Ayuntamiento de Sevilla y que contiene hornos históricos. Su visita nos permite recordar el uso industrial del agua, elemento indispensable a la hora de fabricar azulejos y otros utensilios de cerámica vidriada o esmaltada, un producto masivamente exportado desde Triana a Portugal y América.

 

Típico corral de vecinos trianero donde el agua es protagonista. Por un lado, es la savia que riega las innumerables macetas que salpican y alegran los distintos rincones de este espacio comunitario, conformado por un largo patio poblado de geranios, gitanillas, alhelíes, aspidistras, helechos, amor de hombre, margaritas, etc. Y por otro lado, el inevitable pozo y la presencia de lavaderos permiten evocar antiguas formas de vida ligadas al uso doméstico del agua.

Templo que alberga a la primera cofradía trianera que desafió en 1830 al Guadalquivir cruzando el puente de barcas camino de la catedral sevillana.

Pertenecientes a la Corona, fueron explotadas durante los siglos XVI y XVII por el Duque de Alcalá, siendo las mayores fábricas de jabón del mundo y teniendo exclusividad para exportar este producto a América. Su valor patrimonial también es recordado en una placa cerámica situada en la calle Castilla número 24.

Pintoresco itinerario que permite ver especies vegetales conocidas en Europa desde el Imperio Romano como el almez, la adelfa, el olmo, el chopo o el álamo… También cabe recordar especies llegadas a estas tierras gracias a los árabes, especialmente los diversos cítricos con los que se adorna el paseo. Pero centra nuestra atención en este caso especies americanas como la jacarandá, la tipuana o el ciprés de los pantanos, plantas del Nuevo Mundo que anticipan el gran argumento de esta ruta y en el que profundizaremos al llegar al Jardín Americano: la revolución botánica protagonizada por Sevilla en el siglo XVI.

Inaugurado en 2018 y diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra sobre lo que fueron áreas verdes asociadas a la Expo 92, está trazado desde parámetros ambientalistas, presentando por ejemplo un suelo que permite que el agua de lluvia se filtre de forma natural y recargue el acuífero. Poblado de pérgolas, praderas verdes y con miradores al paisaje fluvial de Sevilla, el parque alberga especies arbóreas como jacarandá, tipuana, árbol del paraíso, casuarina, pino, etc. El nombre de este espacio verde es un homenaje al marino portugués Fernando de Magallanes que, tras ver rechazada su propuesta por el rey de su país, obtiene de manos del emperador Carlos el apoyo de España para su empresa. Su propuesta se basaba en llegar a las islas Molucas –situadas en la actual Indonesia–, donde se cultivaban las preciadas especias, siguiendo rutas marítimas en dirección oeste. En agosto de 1519 partieron del Muelle de Mulas –junto a la actual Plaza de Cuba, donde hay un monumento conmemorativo– un total de cinco naos y 235 hombres camino de lo desconocido. El viaje fue terriblemente duro y accidentado. Sólo llegaron a la capital andaluza 18 hombres escuálidos y hambrientos en la única nao superviviente, la Victoria, comandada por Juan Sebastián Elcano –Magallanes murió en Filipinas– cargada en este caso con el preciado clavo. Tan solo con el valor de mercado de este cargamento de clavo pudo financiarse la expedición, lo que nos pone en aviso sobre el valor atribuido en aquellos siglos a las especias. Las consecuencias de la I Vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano fueron de gran alcance, ya que constituye un gran símbolo de lo que fue la globalización del planeta a través de las rutas marítimas.

Diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra, alberga hoy día una exposición permanente orientada a la historia de la navegación y el papel de Sevilla en la misma.

 

 

Diseñado en el marco del proyecto Raíces para la Expo 92, consistente en la creación de espacios verdes conformados por especies originarias de América. Con este programa llegaron a Sevilla 634 especies. El jardín se estructura en áreas singularizadas en función de sus elementos botánicos, como el Jardín de la Ciaboga, Jardín de Ribera, Jardín Acuático, Jardín de las Palmeras, Jardín de Cactáceas y Plantas Crasas, Muro Ajardinado, Jardín de la Esclusa y Pérgolas. Ademas del gran umbráculo, que congrega las especies de carácter tropical o subtropical más necesitadas de sombra y de un estanque con plantas acuáticas.

Las Riberas de la Cartuja en la margen derecha del Guadalquivir presentan frondosos bosques de álamos, fresnos, olmos, chopos, sauces… árboles amantes del agua acompañados de arbustos como adelfas, sauzgatillos, durillos o tarajes. Todo ello fruto de la repoblación vegetal de estas orillas realizada con motivo de la Expo 92.

Con una superficie aproximada de 7 hectáreas en este espacio verde está representada la pasión del hombre por la clasificación de las especies vegetales. Se diseñó como un conjunto de espacios temáticos con el objetivo de representar la historia de los jardines y el aprovechamiento que el ser humano ha hecho de las plantas a lo largo del tiempo.

 

 

 

 

La ruta termina en el antiguo monasterio cartujo, fundado por Gonzalo de Mena en el año 1400, al que se accede en este caso por la Puerta del Río, construida en el siglo XVIII .Fue un acceso secundario para los monjes cartujos que, sin embargo, se convirtió luego en el principal acceso para la fábrica de loza creada en 1838 por la familia Pickman. Se diseñó para ello un paseo sembrado de acacias, almeces, paraísos, falsas acacias, olmos y otras especies que se encuentra presidido por el Ombú de Hernando Colón. Este colosal arbusto según la tradición plantado por el mismísimo Hernando Colón, hijo natural de Cristóbal Colón y sabio del Renacimiento que poseía un jardín de aclimatación junto a la Puerta Real, su familia estuvo muy vinculada al monasterio cartujo. Adyacentes al monasterio, había dos grandes huertas, de las cuales se conservan restos del sistema de regadío tradicional como norias, albercas y acequias.
La antigua Huerta del Olivar y el Jardín de las Aromáticas. Cercana al ombú de Hernando Colón se encuentra una moderna plantación de olivos gordales que recuerda al paseante la existencia en tiempos monásticos de una gran huerta ya desaparecida dedicada al olivar. Junto a ella se encuentra el moderno Jardín de los Jaboneros de la China, y el Jardín de las Aromáticas, conformado por diversos cuadros de tomillo, santolina, lavanda o romero; se trata del recuerdo más vivo de aquellos monjes que se dedicaban al cultivo de especies culinarias y medicinales.
La Huerta Grande y la Huerta Vieja. Desde el ombú de Hernando Colón el paseante puede dirigirse a través del Patio del Ave María hacia La Huerta Grande y la Huerta Vieja de La Cartuja. La primera es la más extensa y presenta rectos caminos bordeados por atarjeas para el riego y altos cipreses. Estos caminos delimitan cuadrantes sembrados principalmente de cítricos como limonero, naranjo amargo y naranjo dulce. La Capilla de Santa Ana, construida a finales del siglo XVI y convertida luego en cenador de verano, centra este vergel al ubicarse sobre la gran alberca-galapaguera que recogía el agua de las norias para distribuirla por todo el conjunto. Contigua a la Huerta Grande se encuentra la Huerta Vieja y la capilla de las Santas Justa y Rufina, reformulada por los Pickman a modo de pabellón orientalista. En aquella capilla, edificada en el siglo XVI, oraban aquellos monjes que por peste, lepra u otra enfermedad no podían convivir con el resto de la comunidad. Desde este mirador se observan los cuadros de olivos y naranjos, además del Jardín de Flores, este último edificado en la etapa fabril y presidido por una monumental fuente.