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Ruta Oliva

Foto a foto el recorrido de la ruta

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Delicias, Maria Luisa y Cristina: Agua en los jardines históricos de Sevilla

La ruta parte del Jardín de las Delicias, con ecos del Guadalquivir –ver también el cuaderno de la Ruta Azul–, discurre por el gran eje del agua creado por Forestier en el Parque de María Luisa, sigue por el Casino de la Exposición y el foso de la Fábrica de Tabacos, y retorna de nuevo al Guadalquivir en este caso por los Jardines del Cristina.

 

 

Descarga aquí nuestro mapa y cuadernillo de la Ruta Oliva

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Obra del arquitecto José Gutiérrez Lescura y el pintor Mariano Bertuch, actualmente sede de la Delegación de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Sevilla. Su exterior destaca por una airosa torre similar a los minaretes islámicos y su interior sorprende de modo especial por su bello patio central y los elaborados artesonados.

Impulsado entre 1826 y 1829 por el asistente José Manuel Arjona. Fue una espacio verde público con planta triangular situado entre el llamado Paseo de la Bella Flor –precedente del actual Paseo de las Delicias– y el Guadalquivir. Las plantaciones iniciales corrieron a cargo de Claudio Boutelou. Se trata de un conjunto de fuerte impronta romántica que quedó embellecido en 1864 con la incorporación de obras escultóricas procedentes del palacio arzobispal de Umbrete, de estilo clasicista y temática pagana. Regados en sus inicios con las aguas del Guadalquivir gracias a la acción de una máquina de vapor de la época, sufren alteraciones al incorporarse en 1929 a la Exposición Iberoamericana junto al Parque de María Luisa. Hoy día, los jardines se ordenan en dos partes bien diferenciadas: Jardín paisajista inglés, donde se encuentran las alegorías de Hispania y los ríos Guadalquivir (España) y Magdalena (Colombia), obras realizadas para la Exposición del 29 y ubicadas en Delicias en la década de los 30, y Jardín romántico: conjunto de encantadoras glorietas que se conectan unas a otras por senderos más o menos curvos y albercas con sabor andalusí. En el recorrido podemos ver esculturas que dan al conjunto un buscado carácter escénico: Venus, Urania, el dios Pan…, destacando especialmente las que componen el Paseo del Líbano, eje que conecta este Jardín con el Parque de María Luisa.Desde este punto se contempla una vista urbana de Sevilla evocadora de la ciudad Puerto de Indias. Reconocida y representada por geógrafos y pintores, el perfil urbano de la ciudad quedó universalizado desde el siglo XVI con las vistas desde la calle Betis. En todas ellas destaca en primer plano el caserío de Triana; en el centro tenemos el Guadalquivir como eje principal de la composición, cuyas aguas son testigo del ir y venir de un gran número de embarcaciones; el Arenal y el puerto, con la Torre del Oro como hito, son los ejes económicos de una ciudad que en los siglos XVI y XVII centralizó el gran intercambio económico existente entre el viejo continente y el Nuevo Mundo; y al fondo, el perfil urbano de Sevilla dominado por la Giralda, la catedral y las numerosas torres y cúpulas de iglesias, conventos y palacios. La vista actual conserva en gran medida la imagen de ese paisaje fluvial universalizado por las vistas geográficas del Renacimiento.

Construida sobre la Huerta de la Mariana para la Exposición Iberoamericana de 1929, esta plaza es hoy día un espacio para la cultura al albergar varios museos, enclave cinematográfico al haberse rodado allí universales películas como Lawrence de Arabia en 1961, lugar para la memoria de los sevillanos al ser escenario de fotos de infancia, y tesoro botánico al contar con palmeras, árboles del amor, rosales, araucarias, laurel, jaboneros… En el extremo este destacan dos jacarandás, las primeras que llegaron a Sevilla, regalo del embajador británico en 1929. Tras salvar la Plaza de América, el paseante discurre por lo que fue el jardín romántico de André Lecolant, origen del actual Parque y creado a mediados del XIX para el disfrute privado de los Duques de Montpensier, Antonio de Orleáns y María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón, hermana de la Reina Isabel. Los Duques habitaron entonces el Palacio de San Telmo, anterior Universidad de Mareantes. Se adquirieron fincas próximas –terrenos adquiridos del antiguo convento de San Diego y una finca conocida como “La Isabela”– para que Lecolant proyectara este jardín estilo inglés. Donada por la infanta María Luisa a la ciudad en 1893, esta zona verde fue elegida en 1910 sede de la Exposición Iberoamericana. Aníbal González es elegido como director de los trabajos de planificación general y de las obras de edificación, mientras que para las necesarias reformas vegetales será Forestier el encargado.
Forestier crea todo un “eje acuático” que estructura el parque, pudiendo el visitante de la ruta disfrutar del agua en un recto paseo que une el Monte Gurugú, el Jardín de los Leones, la alberca inspirada en el Generalife, la Fuente de las Ranas, la Isleta de los Patos, la fuente de la Glorieta de Juanita Reina y el gran Estanque de los Lotos.

Se trata de uno de los elementos del jardín de los Montpensier intencionadamente conservado por Forestier y que toma el nombre de un monte cercano a la ciudad de Melilla. Se trata de un recurso paisajístico que recrea aguas bravas en un montículo de fuerte impronta romántica, poblado de pitosporos, pinos piñoneros, almeces de tronco liso, además de acantos y ruscos que colonizan las distintas terrazas. Como curiosidad, cabe decir que para la Exposición Iberoamericana de 1929 se diseñó un tren de pequeñas dimensiones conocido como Liliput, que permitía ver el recinto expositivo y atravesaba el Gurugú por un túnel que aún puede verse hoy día.

La mayor y más vistosa de todas las fuentes del Parque. Elevada del suelo, su forma es poligonal cruzada por dos pasillos perpendiculares que dividen el lugar en cuatro estanques. Los leones que le dan nombre fueron labrados por el escultor Manuel Delgado Brackembury, aunque fueron reemplazados por los actuales, obra de Juan Abascal. Este conjunto se rodea por pérgolas con bancos que se conservan tal y como las diseñara Forestier al proyectar el nuevo Parque de María Luisa. La vegetación es muy variada: catalpas, bignonias, cipreses, palmeras canarias, palmeras datileras, naranjos, rosales y naranjos morunos, mirto, boneteros, un aladierno…

Sirve para guiarnos en un paseo que se ve envuelto por naranjos, arrayanes y cipreses de los pantanos. Esta larga alberca, con surtidores que recuerdan al Generalife de Granada.

 

La más antigua de todo el recinto al datar de 1914 e imitada en numerosas plazas y rincones urbanos. Consta de ocho ranas que rodean el círculo cerámico y un pato apoyado sobre una tortuga situado en el centro, constituyendo las bocas de los animales los surtidores de la fuente.

Aquí el agua, a diferencia de albercas y fuentes de inspiración hispanomusulmana, es tratada de un modo más pintoresco y natural. Procedente del antiguo jardín romántico y conservado luego por Forestier, el estanque se rodea de piedras rústicas y presenta en el centro dos islas, una de ellas accesible por medio de un puentecillo. En un rincón de la Isleta se encuentra el Pabellón de Alfonso XII, de pequeñas dimensiones, carácter neomudéjar y donde según cuenta la leyenda declaró el rey Alfonso XII su amor a María de las Mercedes, hija de los Duques y prima hermana de su prometido. La riqueza faunística y botánica es innegable. Se trata de un idílico lugar para las aves, ya que encontramos patos, pavos reales, cisnes y palomas. Entre las especies vegetales existentes destacan las siguientes: robinia, aligustre, alianto, higuera, podocarpo, el árbol de fuego, acebuche, duranta, almez, algarrobo, pino, ciprés de los pantanos, palmera de la suerte, yuca o fotinia.

De diseño neoandalusí y forma de estrella de ocho puntas, para unir todo el complejo acuático descrito posteriormente con el Estanque de los Lotos.

Dispuesto transversalmente en el eje del Parque de María Luisa, se trata de un estanque rectangular rodeado de una hermosa pérgola sostenida por pilares de ladrillo, presentando en el centro una fuente de mármol con alto surtidor situada dentro de otro estanque más pequeño. Todo un juego de agua creado por Forestier e inspirado claramente en las albercas nazaríes del Patio del Ciprés de la Sultana, situado en el Generalife de Granada, En lo que se refiere a la vegetación, este ámbito destaca por las siguientes especies: plátano oriental, parasol de la China, cóculo, celinda, bignonia, rosa, hiedra, jazmín, madreselva del Cabo, trompeta trepadora, parra, brachichito, paragüita, etc. Por último, en el extremo meridional de este jardín acuático y de luz existe una pequeña glorieta semicircular que alberga en la actualidad el monumento a la Infanta María Luisa, escultura en bronce de Enrique Pérez Comendador.

Máximo escenario del Regionalismo, lugar de encuentro para sevillanos y turistas, espacio cinematográfico y orgullo de la ciudad. Se trata de un conjunto arquitectónico realizado por el arquitecto Aníbal González entre 1914 y 1929 como el edificio principal de la Exposición Iberoamericana de 1929. De grandes dimensiones –170 metros de diámetro–, tiene una forma semielíptica que simboliza el abrazo de España a sus antiguos territorios americanos, mirando también al Guadalquivir como camino a seguir hacia América. El agua se muestra generosa en este gran escenario al conformar un semicircular canal navegable que define la arquitectura del conjunto, esta lámina acuática se encuentra atravesada por cuatro puentes que simbolizan cuatro reinos de España: León, Castilla, Navarra y Aragón. Por último, el agua adquiere también protagonismo con la fuente central, obra de Vicente Traver.

Inaugurado en 1929 con aires neobarrocos y a modo de complemento del Teatro Lope de Vega, ya que el juego se conjugaba con espectáculos y salas de baile. Ambos equipamientos, junto a otros pabellones, ocuparon parte de lo que fueron los primigenios Jardines de San Telmo, subsistiendo hoy trazos de los mismos con árboles de gran porte como laureles de Indias, magnolios, araucarias o plátanos de sombra.

 

Se encuentra protegida en tres de sus flancos por un enorme foso cuidadosamente alejado de la fachada para evitar el contrabando de tabaco. Este foso defensivo del recinto industrial se llenaba en tiempos de lluvia con las aguas sobrantes del arroyo Tagarete, hoy olvidado por los sevillanos y abovedado bajo la calle San Fernando.

Aquí tuvieron su corte los Duques de Montpensier; aquí viajeros y pintores recrearon la ciudad más pintoresca; y aquí diseñó Lecolant el citado jardín paisajista de carácter inglés, cuyo espíritu aun lo vemos en los jardines del mismo palacio, en la Casa Rosa o en las zonas más sombreadas del parque de María Luisa. La barroca y afrancesada fachada de San Telmo formaba parte del paisaje del Salón de Cristina.

Creado en 1830 y llamado así por la última esposa de Fernando VII. Fue impulsado por el asistente José Manuel de Arjona, con jardines donde la burguesía y aristocracia local gustaba pasearse para mayor lucimiento social. Las obras fueron dirigidas por el botánico y agrónomo Claudio Boutelou, contando con paseo arbolado rodeado de bancos y setos formales cuya vegetación se llegó a regar, al igual que Delicias, con las aguas del Guadalquivir gracias a otra máquina de vapor.

 

La Exposición Iberoamericana de 1929 transformó radicalmente este espacio debido a la construcción del hotel Alfonso XIII, el ensanche de la Avenida de la Constitución y la construcción del Edificio Cristina. Aquellos jardines, ya mermados, constituyen hoy un homenaje literario para los poetas de la Generación del 27, con una fuente contemporánea obra de Antonio Barrionuevo.La antigua Huerta del Olivar y el Jardín de las Aromáticas. Cercana al ombú de Hernando Colón se encuentra una moderna plantación de olivos gordales que recuerda al paseante la existencia en tiempos monásticos de una gran huerta ya desaparecida dedicada al olivar. Junto a ella se encuentra el moderno Jardín de los Jaboneros de la China, y el Jardín de las Aromáticas, conformado por diversos cuadros de tomillo, santolina, lavanda o romero; se trata del recuerdo más vivo de aquellos monjes que se dedicaban al cultivo de especies culinarias y medicinales.
La Huerta Grande y la Huerta Vieja. Desde el ombú de Hernando Colón el paseante puede dirigirse a través del Patio del Ave María hacia La Huerta Grande y la Huerta Vieja de La Cartuja. La primera es la más extensa y presenta rectos caminos bordeados por atarjeas para el riego y altos cipreses. Estos caminos delimitan cuadrantes sembrados principalmente de cítricos como limonero, naranjo amargo y naranjo dulce. La Capilla de Santa Ana, construida a finales del siglo XVI y convertida luego en cenador de verano, centra este vergel al ubicarse sobre la gran alberca-galapaguera que recogía el agua de las norias para distribuirla por todo el conjunto. Contigua a la Huerta Grande se encuentra la Huerta Vieja y la capilla de las Santas Justa y Rufina, reformulada por los Pickman a modo de pabellón orientalista. En aquella capilla, edificada en el siglo XVI, oraban aquellos monjes que por peste, lepra u otra enfermedad no podían convivir con el resto de la comunidad. Desde este mirador se observan los cuadros de olivos y naranjos, además del Jardín de Flores, este último edificado en la etapa fabril y presidido por una monumental fuente.

Construida en 1221 por los almohades e icono del Puerto de Indias, esta torre presidía el Salón de Cristina y constituía un hito para los numerosos sevillanos que desde el siglo XVIII paseaban por los paseos y riberas del río.